I
Uno: A veces sostengo una duda,
la guardo intencionalmente bajo
la lengua, la guardo de mi,
para que con cada beso
ella finalmente se deshaga.
II
El dos era más un color que un número,
yo diría también que era un correo
electrónico sin respuesta,
uno de esos en los que vuelcas
tu ser y tu espíritu y también
como si fuese poco un trozo incalculable
del cuento que nunca has escrito.
III
El Tres, por supuesto,
era un nombre con apellido muy trascendente
para su mala suerte,
y el Tres en su trascendencia
pasaba los días redactando textos,
artículos intelectualizados,
filosofando sobre los que quehaceres
y sus circunstancias,
cuestionado el sentido único,
buscando descubrir la clave:
qué hacer para convertirse en
ejemplo y no en simples huellas,
es decir, como cambiar el curso de
las mentes y no de las gentes.
El tres nunca fue Uno para nuestra
desdicha.
IV
El cuatro no existe,
me había quedado sin ideas,
y sin las rimas que nunca he tenido
también sin las ganas de perder y armar
otro intento infructuoso de poema
suicidandose con el "backspace".
Entonces fue cuando etiquetando
la nota ocurrió:
el cuatro no existia,
el cuatro era la nada,
lo imperceptible,
lo indescriptible,
y solo puede ser indescriptible,
la no existencia, lo incomprobable,
o la muerte por ejemplo,
de la que nadie retorna,
de la que nadie se ha podido burlar.
Asi era, el cuatro,
pura, sencilla y puerilmente,
era la muerte,
la muerte de mi alma y la tuya.