Tremenda casualidad, unos ojos tristes son iguales a un
sueño profundo, un engaño a una voz que se cuartea justo en el instante en que
han dejado esos labios de moverse, así es como a veces se manifiesta la
tristeza que provoca la necesidad de nicotina, como una casualidad, una
tremenda pero no trágica casualidad.
Todo inicia evocando a Cortazar, a los atardeceres leyendo a
Rayuela o cualquier otro libro, a las caminatas o trotes hacia el balcón,
empiezo pensando en las veces que sonó el timbre y le abrí la puerta a al
pasado o en las otras tantas en que solo contemplaba las velas mientras ausente evitaba el trajín de la gente pasando y pasando.
Pero ya no es. Ya no
será. Esa soledad que compartí conmigo, esas noches de Sabina y Silvio y de
pilas gastadas y de tres light mentol, todo eso me conducía hasta este día, en
el que sentada escribo, sabiéndolo, entendiéndolo, temiendo que nada está bien,
que sueño y despierto, que respiro y expiro, que a veces sonrío, sonreímos, y
sin decirlo en voz alta sabemos que la casualidad que nos trajo hasta aquí también
nos va robando poco a la vida. El tiempo pasa e inevitablemente con cada
segundo nos hacemos más viejos.