Aquí estas tú,
aguardando una señal, un acto fallido.
Y solo tú lo sabes, niña mía.
Confieso que hay ocasiones en las que
me acerco sigilosamente hasta el
punto
fijo que tienen tus ojos,
tus ojos, que a veces descubro llenos de mí,
y otras, ni siquiera siento que existo.
Aquí estoy yo, sola conmigo.
Prefiriendo no pensar, no sentir,
no entender de nada que no seas tú.
Confiesas que hay virtudes que
no tienes, besos que no has dado,
corazones que no has roto,
puentes y precipicios en los que aún
no has mirado desde abajo.
Aquí estamos, tu y yo, ahogándonos
en nuestras inseguridades,
en nuestras inmensas fallas y abismos,
encontrando una señal, un acto
fallido,
hoy de ti hacia ti, hoy de mi hacia mi...
No puedo evitarlo, hace calor,
y una angustia sigilosa se cuela por mi
espalda,
me provoca un frío movimiento del sistema
nervioso,
me descompone el alma, si existe,
y me deja hueca, sin memoria, incluso
ahora.
Aquí estamos todos, vistiendo los
vestigios
de un pasado que desvestimos entre el olvido
y el susurro titiritante de nuestra compleja
y
misteriosa existencia.
Confesemos, es el momento,
pues a éste hoy ya no le quedan fuerzas
para buscarle sentido a la esperanza
tantas veces olvidada,
y mucho menos para cantar alabanzas
tantas veces
interrumpidas,
ni para amar el amor,
tantas veces
destruido.