Cuando llegaba la desesperanza,
regresas sin aviso previo, sin falsas pretensiones,
nos acoge una brazo, una sonrisa, un rozar de labios,
nos mira desde lejos la complicidad de nuestras mentes,
se sorprenden la empatía y la comprensión con
dos cuerpos que laten y se añoran.
Somos tan parcos, tan racionales, pero tan humanos.
Y ese querer que se escapa de nuestras manos,
tan sencillo pero tan real.
Gracias por el fuego y la esperanza de que
en alguna montaña anda alguien justo como yo.