Me gustaría tener una primera cita, como aquel sábado en que a nivel de una minifalda y zapatos sin tacón te esperé en la plaza, y tú llegaste con aquella chaqueta, y yo pensé que estabas loco, sabiendo que la loca era yo... me gustaría mirarte, con y sin nervios, sin percatarme de las otras caras, solo tu y yo frente a un mesero o mesera pidiendo dos copas de vino o dos cervezas o dos tacos de pollo, sonrojándome por la forma en que tocas mi mano sobre la mesa, sorbiendo el humo de las once de la noche con toda y su decadencia, así, como si fuésemos dos desconocidos que se aman, hablando desnudos sobre el vestirse adecuadamente, o solo mirandonos fijamente a las bocas como estatuas que saben que compartirán lo que todos llaman eternidad, otro hoy, otro ahora, otro mañana, hasta quien sabe.